Nunca llueve eternamente

miércoles, febrero 18, 2026

La insoportable levedad del ser

No voy a entrar en el debate sobre la obra homónima, si es mejor o peor, de si mucho humo pero poca castaña; más vale estar solo que poco mordedor. Lo importante aquí y ahora —y es de lo que quiero hablar— es que la insoportable levedad de nuestra propia persona está multiplicada por todos los habitantes del planeta, toda la red social, cada uno con su parecer.

Es inherente al ser humano cuestionarse de dónde venimos y hacia dónde vamos y, sí, nacemos sabiendo que hemos de morir; lo que pasa en el camino del ser maduro es que en la juventud desparramas esa energía como si no fuera a faltar. En la madurez nos creemos pamplinas tales como que gastando dinero vamos a volver a la lozanía de los quince o, peor aún, nos volvemos adictos a la plástica esteta. En este mundo occidental está prohibido cumplir años, pero el mayor sinsentido es que —al menos yo como mujer— luchamos por los derechos de la tercera edad mientras que recapitulamos y negamos y renegamos de la propia fuerza de la gravedad y de las arrugas procedentes de mil alegrías.

Tampoco venía a hablar sobre el hedonismo; venía a hablar sobre el existencialismo y el nihilismo. Evidentemente el título que encabeza esta reflexión hace llamada a ese libro de corriente de Nietzsche, pero como he dicho, hablo de muchas cosas dando vueltas para atraparte en esta red y que sigas mis pensamientos... Nacemos, crecemos, maduramos y ¿caída en descenso o no?, pero asentamos muchas cosas con mucho mejor criterio que a los quince. El eterno retorno no es mi punto por si te lo planteabas; ahora sí te lo digo porque me enrreo más que la pata un romano.

Recojo hilo y lo suelto: desde que el ser humano —desde que dijo Pablito que iba a clavar un clavito—, el ser humano se ha cuestionado su ser, sintiéndose solo en una maravilla de fauna y flora pero sin ningún otro habitante que compartiera nuestra lengua y nuestras tribulaciones. Solos en especie, como rezan los crucigramas, cuestionándonos si el alma es su cocorota y fabulación o es algo divino, o simplemente es inherente al nacer y punto. Realmente estamos solos porque solo podemos comunicar nuestras inquietudes con el prójimo y os digo algo: no es falta de conocimientos lingüísticos, no sabeos comunicarnos entre nosotros en lo verdaderamente importante. Así que sí, redundante y pesada como yo misma lo digo, no somos capaces de aguantarnos ni a nosotros mismos.

¿Y Dios qué papel juega en toda esta pamplina del nacer, vivir, repoblar y morir? Muy simple: independientemente de si eres creyente o no, volvemos a la soledad del humano único en su especie. Somos monstruos que cazamos ballenas y les quitamos los colmillos a los elefantes, pero también —que sepamos por ahora— somnos los únicos que sabemos y tenemos consciencia de que estamos solos en un universo cada vez más grande y nosotros solos también nos hemos hecho las habas.

Morir es lo difícil y nos negamos todos aunque la vida sea dura. Ningún peque se acuerda de cómo era estar en el útero materno y tiene su nombre: «amnesia infantil». Pero ¿dejar plácidamente la vida sin saber lo que vendrá después (o chimpún, se acaba) y dejar a los demás detrás sin volver a ver sus caras o las miles de cosas que no dijiste? ¡Ay, mare mía!, ahí te cuesta porque la vida para los demás va a ser diferente sin ti. Y ¡oye!, aprenderan a vivir sus vidas cotidianos, porque eso deben de hacer, y tu eco sonará en fiestas acordandose de tal o cual cosa que hiciste o dijeres porque la vida sigue... A pesar de ti y contigo. Disfruta.